Por: Andrés Felipe Díaz Arana

“Posverdad” suena como si hubieramos superado algo, progresado en algo. Nada más alejado de la verdad.

Posverdad es una forma bonita de llamar a una práctica horrorosa. Así se le dice ahora a la “[d]istorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” (RAE). Esto debería llamarse como lo que es: corrupción de la comunicación. Y, así como algunos se pueden sentir cómodos con la corrupción de la justicia, también hay quienes han hecho de la “posverdad” su modo de operar e, incluso, de vivir.

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